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domingo, 4 de mayo de 2008

El despertar [Eirenar, parte 1]

Bohr se llevó una mano a la frente y se apartó un mechón pegajoso. Se vio la mano, manchada de sangre y se incorporó. Cerró los ojos y apretó los dientes intentando sobreponerse al dolor de cabeza. Inspiró con fuerza y miró alrededor. Eran doce hombres, sucios, empapados en sangre y sudor; y había también un grupo de mujeres, vestidas con toga, a la moda romana. Las miró extrañado unos instantes, y recordó; habían luchado en un pueblo romano, y los había sorprendido un destacamento mayor de lo esperado, que les había hecho huir con lo poco que habían podido coger: algunos útiles, algunas monedas y algunas mujeres. Después solo recordaba que se escuchaban gritos y pasos apresurados por el bosque, que las mujeres gritaron y ellos se prepararon para la lucha... y entonces, de repente, se paró todo: el mundo estaba estático, sólo podía percibir lo que estaba viendo cuando todo se detuvo, no podía moverse, no podía hacer nada. Y unas altas criaturas grises, estiradas e inexpresivas se acercaron y dijeron unas palabras de extraño sonido, pero él las había interpretado perfectamente, decían: "caminad, sin temor, detrás de nosotros. Seguidnos". Y los habían seguido, sin ninguna duda, ni deseo de no hacerlo. Los habían conducido a una estructura brillante, como una gruta de plata, y al salir de ella los habían dejado de nuevo en el bosque, donde volvieron a hablar en su extraña lengua: "luchasteis", dijeron, "contra Roma. El combate se saldó así: las heridas no son mortales, estad tranquilos y tened suerte".

Bohr, sentado en la roca esperó a que los demás se fueran levantando. Los hombres no dieron problemas: se levantaron desorientados, confusos y se mantuvieron al margen hasta situarse.

El despertar de las mujeres fue más problemático. La primera se levantó y miró a los cuatro vikingos que en ese momento se encontraban junto a la roca en la que el primero de ellos, Bohr, se había sentado a esperar. Miró en derredor, sus conciudadanas tiradas ensangrentadas en el suelo, así como otros ocho vikingos. Gritó. Se giraron a mirarla: estaba asustada, aterrada de qué le sucedería si era la única mujer viva del grupo, y si lo que se decía de los vikingos era cierto, tenía sus razones para temer y gritar. Empezó a llorar.