Google+

sábado, 31 de mayo de 2008

Albos 4, pt.5

Los días se suceden apaciblemente en la enorme ciudad de Nova Roma. Se acerca la primavera. Han pasado varios meses desde la segunda. Nërud ha retomado su vida como sanador y consejero del Emperador. No hay noticias del norte, salvo las típicas escaramuzas en las fronteras. No sabe qué pensar. No pensaba esperar acontecimientos tanto tiempo; ahora, meses después, seguir esperando le parece pecar de inocencia, de ingenuidad, de estupidez.

Helena ha vuelto a quedarse embarazada, o eso le parece a Nërud, para quien los seres vivos se revelan casi de forma inconsciente e involuntaria. Le hace feliz. Las cosas esán bien así, con o sin Albos. Al fin y al cabo, piensa, la decisión fue suya. En completa libertad escogió Eirenar, ¿por qué, entonces, debería preocuparse él por la decisión de Albos?


Y los meses continúan pasando. El embarazo se vuelve evidente, cientos de personas de las que Nërud ni siquiera sabe el nombre se le acercan por la calle, lo paran y le dan la enhorabuena. Su segundo descendiente. Sí, la vida parece sonreírle. Y es feliz así, sin perseguir a magos moribundos que aferran en sus huesudos dedos los libros en los que han ido recopilando la fuente de su poder; sin intentar rescatar a traidores del Imperio que rechazan la oferta sin un asomo de duda en sus ojos; sin discutir con el Emperador las razones de sus ausencias en los puestos que ocupa entre la élite de la ciudad. Todo es fácil así, todo funciona. Es feliz. Es lo que importa.

Pero la felicidad es aburrida. No aguantará así el resto de su mágicamente larga vida. Sabe que seguirá vivo, sino es asesinado antes, cuando su mujer y sus hijos hayan muerto; tal vez cuando sus nietos hayan muerto... establecer una familia no entraba en sus planes originales. No, hasta conocer a Helena. Arriesgar su vida por otra persona tampoco, hasta conocer a Albos.

Su relación había sido extraña. El tipo de cálida amistad que solo se obtiene maniatados en la oscuridad de una fría celda en el imperio Lumini, acusados de traición y de intento de asesinato. Había traido grandes quebraderos de cabeza al viejo Emperador explicar las razones por las que dos de los magos más prestigiosos de Roma se encontraban en aquel momento en la capital Lumini, Renma. En aquel momento, ambos dependieron bastante del otro; no solo a un nivel mágico, sino a nivel psicológico, moral; una persona con la que hablar, una voz que no les hablase como si fuese lo último que fuesen a oír en la vida. Esto genera un lazo de camaradería. Volver juntos y encontrarse con una docena de Grooms, genera un lazo de amistad. Aun quedando al borde de la muerte por intentar hablar las cosas antes de poner pies en polvorosa o plantar cara al asunto. Así era Nërud entonces: hablar las cosas primero. Ahora, casi un centenar de años después, había aprendido la lección. No hables hasta que tu enemigo haya dejado de poder defenderse, y aún así, entonces, no dudes en rematarlo si hace cualquier cosa rara. Así funcionaba la magia. Y aunque ahora lo sabía, ahora estaba más cómodo tirado tranquilamente en su casa, disfrutando de la compañía de su familia. Las vueltas que da la vida.

Fue entonces cuando llegó a Nova Roma la noticia: en las tierras de Eirenar, en un cabo al norte de la capital se estaba levantando una gran torre de piedra y se rumoreaba que sería un lugar aparte, una residencia para los héroes del imperio nórdico; un lugar para los más poderosos, y que allí, estaría el mago albino.

Nërud se pasó una mano por el pelo un tanto molesto.
- Joder, puto megalómano... - dijo con un suspiro.