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viernes, 23 de mayo de 2008

Albos 4, pt.3

Albos y Rin atraviesan las murallas por la puerta Norte y continúan a través de los hogares del campesinado. Se alejan durante una media hora, mientras comentan minucias y detalles del paisaje hasta llegar a un pequeño cabo.

- Aquí alzaremos la torre - comunica Rin con una sonrisa feliz.

- Aquí, a la vista de todo el mundo y el alcance de todos los barcos... - repobe Albos con tono escéptico.

Rin asiente.

- Será un gesto de nuestro propio poder, de nuestra capacidad. Ahí, a la vista de todos, como héroes intocables, visibles pero inalcanzables. Seremos dioses comunicando la tierra y el mar, la inteligencia y la fuerza. Seremos la paz, y la guerra.

- Qué bellas resultan las palabras - comenta Albos -. Pero recuerda, solo son palabras. Un mensaje vacío que necesita de hechos que lo acompañen. Ahora no hay torre, no hay héroes intocables rigiendo el devenir de la guerra y la paz. Solo son sueños.

- Llegará el día en que no lo sean - afirma Rin.

- ¿Esto era? ¿Solo querías enseñarme el lugar?

- El lugar desde el que gobernaremos el mundo.

Albos lo mira, los ojos de Rin brillan mientras se imagina un mundo bajo su tutela. Está convencido de todo lo que está diciendo. Le aterra durante unos instantes, pero es lo que siempre ha buscado. "Es perfecto y, tristemente", piensa, "es plausible".



Se suceden los días mientras la torre comienza a levantarse perezosamente, desde las profundidades excavadas para albergar sus cimientos. Rin contempla el avance de la obra sin poder contener un gesto de inmensa satisfacción.

- Las cosas avanzan tal y como esperaba.

- Eso es bueno - comenta Albos a su derecha.

- Los rituales para que el cabo no se erosione están concluidos, mi señor - aporta una mujer de cabello y ojos negros.

- Gracias, Dana. Contar contigo siempre es un placer.

La chica hace una ligera reverencia y, dándose la vuelta, comienza a alejarse.

- ¿Cuántos somos finalmente? - pregunta Albos.

- Doce - contesta Rin con la sonrisa más sincera que ha enarcado desde que conoce a Albos.

- ¿Doce? - pregunta sorprendido - ¿Le has convencido?

Rin no contesta, estira los brazos, en cruz; la brisa marina agita sus ropas y su cabello. Con los ojos cerrados parece encomendarse a su obra, a sus logros, a su soñado imperio.

- Los doce de Eirenar - murmura Albos entre dientes.

- Y es solo el principio - contesta Rin, en voz baja, todavía con los ojos cerrados.

Y Albos permanece en silencio, mirándolo; preguntándose hasta dónde pretende llegar. Un escalofrío recorre su espalda mientras elucubra posibilidades. ¿El mundo? ¿La magia? ¿Qué? Solo sabe que estará a su lado, y cuando ocupe su puesto, ya habrá aprendido de los errores de su compañero. Y, con esa idea en mente, sonríe. Durante un instante, ambos sonrientes, contemplando la creación de su torre, parecen dos camaradas deteniéndose a observar los logros de una vida de esfuerzos.