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domingo, 18 de mayo de 2008

Albos 4, pt 2

Las reuniones con el señor de Eirenar suelen llevar su tiempo, pero Rin no es un cualquiera sin importancia; y Goldar acepta reunirse con él esa misma tarde.

Rin se presenta a buscar a Albos: va elegantemente vestido, con un traje largo, de color dorado pálido, como su pelo; peinada y lustroso; en toda esa imagen amarillenta, sus ojos contrastan como zafiros de un azul intenso.

- Vístete correctamente - sugiere Rin -, te presentarás como ciudadano, pero marcharás como una persona importante. No puedes ir así.

Albos se echa un vistazo, lleva su túnica, vieja y desgastada. Han vivido mucho.

- ¿Qué debería llevar? No se puede decir que tenga demasiada ropa por aquí.

Rin le dice que espere y se marcha, vuelve minutos después con ropa elegante, suave, nueva.

- Ponte esto, supongo que es tu talla.

Albos se prueba la ropa, bajo la mirada de Rin. Le queda bien. Es un traje azul con dos finas bandas doradas, una a cada lado.

- Tienes buen ojo - comenta Albos.


Caminan tranquila y lentamente por los pasillos del castillo hacia el gran salón de Goldar. Los guardias de la puerta se inclinan en una ligera reverencia ante Rin, y les invitan a pasar.

Es una gran sala y Goldar está sentado en un cómodo sofá, esperándolos. Los mira unos instantes y pide a los guardias que los dejen a solas. Rin y Albos entran y hacen sendas reverencias. Goldar les invita a tomar asiento.

- ¿Qué queréis?

- Señor Goldar, he decidido abandonar el gobierno de la ciudad - comunica Rin tranquila pero firmemente.

- ¿Con el fin de...?

- De establecer un gobierno más preparado y menos sujeto a las decisiones de la mayoría, señor.

Goldar lo mira hastiado.

- ¿Dentro de la misma ciudad?

- Sí, señor; no somos suficientes para construir una ciudad y mantener los cultivos y demás trabajos necesarios. Hablo sólo de una élite intelectual apartada de los temas triviales que, a menudo, son tratados en el castillo.

- Dime, Rin, ¿qué esperas sacar con ello?

- Creo que un gobierno que ha de preocuparse por escuchar la opinión de miles de persona es infructuoso. La eficiencia parte de ser rápida, y escuchar la opinión del pueblo no lo es.

- Y tu plan consiste en apartar a un conjunto de personas, escuchar sus escasas opiniones y obrar en consecuencia, ¿no?

- Sí, reunir a los mejores, escuchar sus opiniones que, seguramente, sean las que importen, y obrar en consecuencia. Efectivamente.

- ¿De verdad crees que las opiniones del pueblo no valen nada?

- Así es. Las decisiones normales las hemos tomado sin su consentimiento, ni su juicio. Son la mayor parte de las decisiones que han de tomarse y, sin embargo, nos ha ido bien... les ha ido bien - recalca Rin.

- No se puede enviar a la gente a morir sin más.

- Solo hay que hacerles ver que la decisión es la mejor de las posibles.

- ¿Y cómo harás tal cosa?

- Igual que lo hemos hecho siempre. ¿Alguna vez la decisión del pueblo ha cambiado la decisión final? La gente sabe qué le conviene y, siendo realistas, señor Goldar, le convenimos. Estamos bien preparados, algunos hemos vivido mucho - dice sonriendo - y sabemos de verdad cómo funcionan las cosas. Todo lo que necesitamos es decirles que los problemas que trataremos serán de carácter más inmediato, asuntos que no habrá tiempo a ser tratados por la ciudadanía y se lo creerán. Siga tratando sus asuntos, siga consultándoles minucias, y se seguirán creyendo dueños de su destino; pero si quiere tener un reino en condiciones, sin problemas que lo vayan pudriendo desde su más interno corazón, escúcheme: déjeme independizar un gobierno aparte, explique y defienda razones para nuestra marcha y tendrá poderosos aliados.

Goldar lo mira dubitativo.

- ¿Es un ultimátum?

- Nos iremos, sea por las buenas o por las malas - comunica Rin tajantemente.

- ¿Y él? - pregunta Goldar señalando a Albos.

- Es parte de mi proyecto de ciudad.

Goldar asiente con frialdad.

- ¿Cuántos sois?

- 11, a no ser que Sael acepte venir.

- Lo dudo muchísimo, siento decirlo - sonríe Goldar.

- Yo también lo dudo - coincide Rin -, pero en cuanto tenga su primer gran error, o salde de mala manera su primer conflicto tenso; será mucho más fácil de convencer. No lo olvide nunca, señor Goldar.

- ¿Queréis decir algo más? - pregunta Goldar secamente.

- Desearle suerte. Que el destino os sea propicio y que los Aesir velen por todos.

- Suerte con vuestro proyecto.

Albos se levanta y hace una reverencia.

- ¿Estamos pues autorizados? - pregunta Rin.

- Mejor once poderosos aliados con ínfulas de grandeza, que once enemigos sedientos de independencia, supongo.

- No se arrepentirá, señor Goldar - dice Rin haciendo una reverencia.


Albos y Rin abandonan la estancia. Se alejan por los pasillos y salen al jardín.

- ¿Sabías que iba a ser así? - pregunta Albos.

Rin sonríe alegre.

- Claro. No podía ser de otra forma.