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martes, 1 de abril de 2008

Toma de contacto

Había entrado en el misterioso círculo y ahora estaba perdido. Había visto una gran luz, un fogonazo, y sin mediar transición, había cambiado el paisaje: yermos helados y altas montañas sustituían a los montes en los que me crié. Lo único reconocible era aquel puto círculo que había tras de mí, exactamente igual al anterior. Lo examiné desde todos los ángulos, intentando entender su funcionamiento, volví a entrar en él, a ver si me devolvía a mi casa. Fue en vano. Empezaba a helarme y no había nada con qué taparse. Me di por muerto, pero eché a correr; mantendría el calor hasta caer agotado, luego caería sobre la nieve y moriría congelado, tal era mi feliz destino. Logré correr varios cientos de metros a través de una nieve que cedía a mis pies y a mi peso, que me agotaba de forma indescriptible, y fue ahí cuando los vi. Tardé en descubrir su posición, a pesar de su enorme tamaño: tenían el pelaje blanco, y sólo las cuchillas negras que tenían por garras y el cuerno de su frente, con tintes rosáceos en la mayoría - de sangre seca medio borrada por el agua y la nieve, según descubrí luego -, los permitían separar del medio que los rodeaba. Parecían sorprendidos de encontrarme. Mostré las palmas de las manos y avancé hacia ellos lentamente, el frío empezaba a cortarme la piel y los músculos congelados. Uno de ellos mostró sus palmas, como de oso, negras. Parecían entenderme. Señalé mi cuerpo mal cubierto por pieles, indicando el frío, mi carencia de vello. Uno de ellos se señaló. “Estróm”, dijo, y me señaló. El frío empezaba a ser insoportable y ellos estaban presentándose. Me señalé y di mi nombre: “Braam”. Mi voz se entrecortaba por el frío. Él se señaló y, después, señaló a varios de los suyos terminando con un gesto incluyente: “Groom”. Supuse que era el nombre de su pueblo, o de su especie. Asentí, deseoso de que su gesto de asentimiento fuese similar al nuestro. Pareció entenderme. Se volvió a señalar y, luego, marcó algún punto en el horizonte. Nos marchábamos, supuse, y asentí. Empezamos a caminar, y en algún punto, caí rendido al frío y al cansancio.

Me desperté junto a una hoguera, en el interior de una cueva. Dos de ellos estaban junto a mí y me observaban con lo que, esperé, fuese preocupación y deseos de cuidarme.