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domingo, 6 de abril de 2008

Nuevos horizontes [Roma, parte 3]

Caminaron hasta que la oscuridad hizo imposible el avance, por el camino habían abatido algunos animales; hicieron una pequeña fogata en un claro y se sentaron. Pusieron los animales al fuego y esperaron. Adriano estaba sentado sobre una roca, algo apartado del resto.

- ¿Estás bien? - le preguntó Celso que se acababa de acerca a él.

- Claro, sí... es sólo que... - hizo una pausa. Celso enarcó una ceja con preocupación - que hemos caminado todo el día, y no hemos encontrado nada conocido. No sé dónde estamos... y no sé qué hacer.

- No pasará nada mientras estemos juntos: tenemos para comer, la temperatura es agradable... una noche al raso no hará mal a nadie. Tranquilo, Adriano.

Adriano se mesó la barba y, suspirando, asintió.

Empezaron a comer, hablaron animadamente; la comida parecía haber calmado los ánimos. Parecían felices, el calor de la lumbre, la seguridad que ofrecía y una barriga llena parecían contentar a los más escépticos.

Minutos después de acabar la comida, uno de los legionarios dijo:

- Domine, hemos caminado durante todo el día, sin pausa salvo para cazar. Hemos tenido que avanzar 6 ó 7 leugas* y no hemos llegado a ninguna parte. ¿Adónde nos dirigimos?

- No lo sé - admitió Adriano bajando la cabeza. Se quedó en silencio, varias personas empezaron a murmurar. El pilum posterior miró a Celso un instante y comenzó a hablar de nuevo. Pronto sonaba una única voz, la suya - pero no ha parecido haber problemas. Hemos avanzado tranquilamente por el bosque, hemos conseguido comida, y el clima parece benigno. Supongo que los dioses - dijo mientras hacía un gesto hacia el cielo - no nos han olvidado.

Una mujer, de repente, gritó. Estaba nerviosa y miraba al cielo, recorriendo la bóveda de lado a lado. Varias miradas se levantaron y todas comprendieron la razón.

- Los dioses no están - dijo la mujer volviendo sus ojos desencajados a Adriano.

Todos miraron: la configuración celeste era distinta, y no se veía Marte, ni Júpiter, ni nada conocido. Sólo una miríada de puntos blancos dispuestos de cualquier forma en el cielo.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó otra de las mujeres.

- Nos han abandonado - dijo la primera.

- ¿Por qué? - se lamentaba una tercera - ¿Qué hemos hecho para merecer su renuncia?

Celso miró con preocupación a Adriano, que seguía viendo el cielo con mirada incrédula. Pasó un rato: los legionarios estaban nerviosos, agitados y Adriano parecía poco decidido en sus palabras.

- Bien... mirad, no sé qué ha pasado. No sé qué le pasa al cielo, ni dónde están nuestros enemigos, ni nuestros compañeros... bueno, ni siquiera sé dónde estamos nosotros, pero...

- Te hemos seguido hasta aquí, Adriano, ¡y ahora estamos solos!

Adriano paseó la vista por el grupo, no creía que los dioses les hubiesen abandonado de pronto, ni que lo hubiesen hecho por su decisión.

- Tenéis dos opciones - dijo de pronto, tajantemente - seguirme a mí, que estoy aquí, que me hice cargo de la situación cuando nadie quería hacerlo, que estoy cumpliendo el papel de militar, de sabio, de explorador y de gobernante; o seguir a unos dioses que, en vuestras propias palabras, nos han abandonado. No sé qué pensaréis al respecto, pero yo, al menos, no pienso quedarme de brazos cruzados. Si hay que salir de este bosque, saldremos; si hay que volver a empezar, lo haremos; si hay que ganarse de nuevo el apoyo de los dioses, lo ganaremos. Es posible que no estemos en la mejor posición posible, pero Roma ha estado lejos de ese lugar muchas veces, y siempre ha salido adelante, siempre ha subido a la cumbre y ha visto a los demás por encima del hombro. Somos un pueblo orgulloso, actuemos como tal.

El ambiente parecía calmarse, las palabras patrióticas parecían haber avivado el deseo de supervivencia, de unión y de triunfo. Celso aplaudió, los demás le siguieron; pero no pudo evitar preguntarse qué estaba sucediendo, dónde estaban, y qué había sido de sus dioses. Muchas veces había leido relatos en los que los dioses traicionaban a los mortales, pero siempre habían seguido observando todo desde su intocable bóveda en el cielo. Esto era inconcebible y terrorífico. Sintió un escalofrío recorriendo su espalda, y supo, durante un instante, que estaban solos, que su supervivencia era suya, su desarrollo era suyo, y que cualquier razonamiento de lo sucedido escapaba a sus capacidades.

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Actualmente leguas. Al parecer, en la época romana se escribía leugas o leucas, según dicen varios artículos distintos de la wikipedia española.