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miércoles, 16 de abril de 2008

Nuevo comienzo... [Roma, parte 4]

Caminaron durante varios días más, caminaban contra la desesperanza, contra el doloroso vacío; caminaban contra la muerte y la nada. Cada paso era una metáfora: la lucha por la supervivencia, por cambiar el presente; cada árbol dejado atrás era un miedo dejado atrás en el camino por recuperar la voluntad de los dioses. Todo en respetuoso silencio, como en un trance meditabundo.

Cuando llegaron a los límites del bosque más denso, se sorprendieron: un prado verde con matojos y helechos se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El grupo se detuvo y miró expectante a Adriano. Sonreía.

- Por fin fuera del bosque. Hay que organizarse - su tono parecía más animado que el de los días anteriores. Haber salido de aquel bosque que parecía extenderse indefinidamente había minado su moral y la de su grupo; volver a ver la luz del Sol, sin el oscurecimiento de la capa de hojas les había devuelto la esperanza - para hacer casas, buscar alimento y empezar de nuevo.

- ¿No vamos a buscar a los nuestros? - preguntó uno de los legionarios.

- No he reconocido, y supongo que vosotros tampoco, el bosque por el que hemos caminado durante los últimos días. No he escuchado el sonido de ninguna persona trabajando, no se ve nada en este prado abandonado a los helechos y las matas. Nuestro imperio se expande imparable por todo el mundo y sin embargo no veo aquí, ni he visto, ni oido, ninguna muestra de nuestra presencia, ni de presencias anteriores a la nuestra. No creo que los dioses hayan abandonado a Roma, creo que estamos en otro lugar, y los dioses aún no nos han encontrado. Pronto, tal vez muy pronto, nos vuelvan a contemplar desde las alturas, no veo motivos para preocuparnos. Por ahora, las cosas no han ido del todo mal.

- Podrían haber ido mejor - murmuró Celso.

- Y podríamos haber muerto todos en el bosque - respondió Adriano en mal tono - pero aquí estamos, vivos todos los que estábamos en el bosque, ¿sí o no? Hemos salido adelante, como dije que haríamos; estamos vivos, hemos encontrado comida abundante todos los días y aquí tenemos cientos... miles de árboles con los que construir nuestras primeras casas. Cuando nos hayamos acomodado ya buscaremos piedra y volveremos a ser dueños de una gran ciudad.

La gente pareció vacilar unos instantes, hasta que uno de los legionarios preguntó:

- ¿Qué hemos de hacer?

- Id a coger leña y a buscar caza.

- ¿Qué harán las mujeres? - preguntó Celso.

- Prepararán una gran hoguera, para la noche y para la cena. Hoy cenaremos en condiciones, cazad bien, soldados.

- Sí, domine - contestaron al unísono.



El pequeño grupo de romanos comenzaba a moverse, a dar sus primeros pasos en aquella tierra desconocida. Desde el cielo, como si fuesen hormigas, se veían moverse frenéticamente en busca de madera y alimento y sentado sobre una roca, la figura de su primer lider, un militar arrojado que había aprovechado su carta para convertirse en el mandamás.

Adriano se inclinó hacia atrás y dejó escapar una risa suave. Era el nuevo Emperador de este pequeño grupo de personas, y los grupos de personas, como bien sabía, crecen. Sería el primer Emperador de Nova Roma. La idea le excitaba. Sobre la roca, con los ojos cerrados, dejó que el viento meciese sus cabellos mientras los legionarios y las mujeres trabajaban. "Parece que la suerte ha cambiado al fin sus vientos", pensó.