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viernes, 25 de abril de 2008

Albos 3, pt.4

- Hola, Seda. ¿Cómo le va?

- Bien, señor Nërud. Espero que a usted también.

Nërud sonríe ligeramente.

- Claro, de nuevo en casa.

- ¿Y qué le lleva a pasear a estas horas? ¿No debería estar tranquilamente en casa, descansando, tras todo lo sucedido?

- Culpabilidad, Seda, culpabilidad.

Seda baja la vista.

- ¿Piensa hacer algo al respecto?

Nërud sonríe.

- Tal vez... tal vez vaya a buscarlo.

- ¿Cómo? - pregunta Seda sobresaltado - Es un suicidio, y lo sabe. Ha tenido problemas para abandonar el lugar dejándolo atrás, imagínese teniendo que salir ambos.

- Necesito brazos rápidos que velen por mí mientras conjuro, nada más.

Seda traga saliva, incómodo.

- ¿Intenta decirme algo?

- Eres un buen luchador, sería un honor contar contigo.

- Valoro mi vida más que usted, creo.

- No quiero pasar el resto de mis días pensando que dejé morir a alguien que se quedó allí voluntariamente para que pudiese salvarme - dice Nërud en tono malhumorado - no tendría que haber sucedido así.

- Tu misión era dejarlo atrás - replica Seda.

- Sí, pero no a costa de que me salvase la vida. Me siento... en deuda.

Seda se muerde el labio inferior y resopla.

- La maldición del honor.

Nërud asiente.

- No me gusta Albos - prosigue Seda - odio su actitud arrogante, odio que se crea tan claramente superior a los demás, su manía con denotar su violencia y su poder... pero no dejaré que usted vaya solo. Es una pieza clave en la ciudad y... supongo que los míos y yo le debemos la vida.

Mërud sonríe.

- Me alegro de contar con su espada, Seda.

- Me alegro de poder ayudarle, señor Nërud. Pero no dejaré que muramos por él. Si nos mete en problemas, le dejaré atrás. Es una deuda con usted, él no significa nada.

- Lo comprendo - asiente Nërud -, tranquilo, Seda. Trato hecho.

- ¿Cuándo querría partir? Tendría que pedir días al Emperador para ausentarme.

- Querría partir cuanto antes.

- Mañana le diré cuándo podría ser.

Nërud asiente. Se dan la mano y se despiden. Nërud vuelve a su casa. Seda es un hombre predecible, rutinario y siempre pasea recién salido el Sol, es un hombre de honor. Mientras Nërud camina, de vuelta, se siente mal por haberlo engatusado, pero necesitaba su destreza con las armas. Ahora se siente un poco peor, pero confía en estar buscando el bien mayor, a la larga. Se quita las sandalias, suspira y se acerca a la habitación. Helena duerme. La contempla desde el quicio de la puerta.