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viernes, 18 de abril de 2008

Albos 3, pt.3

Nërud se revolvía inquieto entre las sábanas.

- ¿Estás bien, querido? - preguntó Helena, su mujer.

- Sí, claro... es solo que... tras todo lo que ha pasado, me cuesta dormir - dice incorporándose.

Helena sonríe con dulzura. Su mirada se posa sobre los ojos de su marido y levanta los brazos para abrazarlo.

- Tranquilo, ahora estás a salvo; estás... estamos en casa.

Nërud sonríe, asiente y vuelve a tumbarse. Piensa en Albos, en el emperador, piensa en Nyrill y en saetas. Se arrebuja entre las mantas y, de espaldas a su mujer, aprieta los dientes y reprime su frustración y los envites de una moral ajada y torturada.


Los primeros rayos de luz lo despiertan casi sin haber dormido. Se levanta sigilosamente, evitando despertar a su mujer. "Te quiero", susurra desde la puerta. Sale de la habitación y abandona la casa, necesita pasear y aire fresco; necesita aclararse, calmarse; olvidar.

Pasea hasta bien entrada la mañana por las calles de la ciudad, nota que la gente lo mira sonriente. Es un hombre conocido, es querido, es la cara en la que todos creen poder confiar: es el curador, el sabio, el consejero, el soldado, es lo que la ciudad ha buscado desde sus inicios, la persona moderada y tranquila, inteligente y capaz. Nadie le conoce, nadie sabe de sus traiciones, de sus mentiras, de sus pequeñas intromisiones en el suceder de las cosas. Es el producto de todas sus palabras, sus artimañas mentales y conocer la psicología de las personas; es una mentira, es llanto tras su máscara sonriente, tras su falso rostro de héroe. Le deprime.


- Buenos días, señor Nërud - dice una voz a su espalda. La conoce: es Seda.