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viernes, 4 de abril de 2008

Albos 3, pt.1

Acompañando a Goldar, Albos abandona la estancia de orichalcón. Suben las escaleras por las que descendió hace días. El cansancio se hace patente, cada escalón le supone un gran esfuerzo, pero las ganas de abandonar el lugar de su cautiverio se sobreponen al cansancio.

Los pasillos del castillo, ahora, parecen más vívidos. Los guardias pasan y saludan al joven que camina junto a Albos, poniéndose firmes. Pasillo tras pasillo avanzan hasta llegar a la habitación en la que lo atendieron tras ser atravesado por las flechas.

- Descansa aquí - pide Goldar -, mañana, a primera hora, vendrán a buscarte e iremos a dar una vuelta. Dentro de poco te traerán de comer. Come. Si necesitas cualquier otra cosa, avisa a Isabel.

Albos asiente.

- Gracias - le resulta extraño decir esto a la persona que le arrancó una uña antes de mediar pregunta alguna, y suena forzado.

Goldar sonríe e inclina ligeramente la cabeza. Se aleja. Parece no haberse dado cuenta, o haber ignorado el tono.

Albos abre la puerta entra en la sala y se sienta en la cama, resulta tan mullida en comparación al camastro de la celda que permanece inmóvil durante varios minutos, sentado con los ojos cerrados, aclimatándose a una nueva libertad, a un nuevo concepto de libertad. Ni conjuros, ni amenazas; toda una novedad en la ajetreada vida del mago albino.

Alguien da unos golpecitos en la puerta. Albos abre los ojos y mira: la mujer que veló por él sujeta una bandeja en una mano, la otra mantiene los nudillos apoyados contra la madera.

- Adelante - invita Albos.

- El señor me ha pedido que le traiga algo de comer.

- Claro, claro; gracias, señorita.

La mujer entra y deja la bandeja sobre una pequeña mesa.

- Si necesitas cualquier cosa, avísame. Estaré en la habitación de al lado.

- Claro - Albos sonríe con dulzura sincera.

La mujer abandona la habitación, Albos examina el contenido de la bandeja: rebanadas de pan con alguna sustancia oleosa untada, unas lonchas de carne y una jarra metálica con cerveza. Coge una rebanada y se la lleva a la poca con avidez, el olor es extraño, el sabor le resulta repugnante. Deja la rebanada y coge una de las lonchas de carne que, con algo más de vacilación, lleva a la boca: pese a saber bastante salada, la come; el hambre elimina los pocos reparos que pudiese ponerle. La cerveza baja como ambrosía sabrosa, fragante y amarga, limpiando el horrible sabor de la rebanada.

Tumbado en cama se replantea los pasos que tiene que dar; tras los días en la celda, esto le parece los Campos Elíseos.