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viernes, 28 de marzo de 2008

Sombra

Olfateó el aire, su presa estaba cerca; la podía discernir entre todo el abanico de aromas que llegaban hasta él: podía oler muchas cosas desde aquella posición. Permaneció agazapado en las sombras, oteando la oscuridad desde la profundidad de sus pequeños y brillantes ojos hundidos. Se escuchaban pasos, acercándose, directos hacia él; moscas que revoloteaban lenta pero inexorablemente hacia una red que no eran capaces de concebir. Los tenía prácticamente encima cuando saltó ávidamente y se manifestó en toda su malignidad: era claramente impío, sus ojos pequeños contrastaban con lo saliente de sus huesos. Su piel, de color cetrino, aparecía perlada por un sudor maloliente, o, al menos, daba esa impresión. Sus labios, delgados y cortados se movieron ligeramente mientras los contemplaba un segundo. Ellos estaban estáticos, asustados. Reaccionarían pronto. Él podía olerlo. En un movimiento antinatural llevó una mano al cuello del que estaba a su derecha. Se escuchó un chasquido seco. Sin dar tiempo de reacción, agarró al otro y lo atrajo.

- ¿Sabes? Tu amigo ha tenido suerte...