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domingo, 30 de marzo de 2008

Albos 2, pt.8

Se despierta. Está tirado en el camastro y contempla las paredes grises. Mira sus brazos; los muñones cerrados mágicamente, todavía duelen: un hormigueo voraz y permanente que recorre el extremo distal de sus brazos atados.

- ¡Laden! - grita.

Está solo en una habitación vacía; débil, cansado y dolorido. Podría intentar conjurar algo, aunque sin manos resulta mucho más complejo y, seguramente, pese a que nadie atienda sus gritos, haya alguien escuchando si intenta conjurar. Podría intentar conjurar sin moverse y en completo silencio, pero probablemente sería malgastar energía, una energía que puede necesitar posteriormente.

Pasea la mirada por la habitación: está tal y como estaba, salvo un plato con comida y una tinaja con agua sobre la mesa que han dejado perfectamente horizontal. Se acerca. El plato contiene algún tipo de masa de cereales con carne. Suspira. Acerca la cabeza y arranca un pedazo con la boca. Es un sabor seco y amargo. Le resulta imposible comer así. Se tumba de nuevo en el camastro e intenta dormirse, pero el dolor lo hace imposible. Da vueltas y más vueltas, se revuelve inquieto y dolorido. Aprieta los dientes. Será una larga noche.

No sabe cuánto ha dormido: era noche cerrada cuando quedó dormido y sigue siéndolo; tal vez media hora, tal vez un par de horas, o quizá más. El hambre agita su estómago. Está mareado y con la boca reseca. Se levanta lentamente y siente, pese a todo, cómo se inclina todo bajo sus pies. Sabe que se está deshidratando y se pregunta si habrá dormido un día entero. Se acerca a la mesa y hunde la cara en la tinaja, deja que el agua moje sus labios resecos, que inunde su boca, y traga. Su barba empapada, su pelo empapado. Sigue bebiendo. Se aparta y toma aire. Coge otro pedazo de la extraña comida que hay en el plato y vuelve hacia el camastro. Se acuesta. E imagina volver a dormirse.

- Buenos días, Albos.

Albos apenas sitúa la voz mientras abre los ojos. La luz en la sala es escasa. Frente a él está el joven que mandó cortar sus manos. Albos lo mira con odio. La idea del conjuro vuelve a ocupar su mente mientras ve al muchacho.

- Supongo que en este momento, soy la última persona a la que querrías ver - hace una pausa para comprobar el efecto que sus palabras causan en el mago. Viendo que no parecen conseguir nada, prosigue -, te he quitado uno de tus bienes más preciados, así como el de cualquier hombre, las manos. Pero deberías comprender mi posición. Has asesinado a mi predecesor, ¿en qué lugar te deja eso, Albos? ¿En qué lugar debería situarme yo?

Albos espera, en silencio.

- Pasaste un día entero inconsciente... y ayer no hiciste gran cosa. Apenas has comido nada, y no imaginas tu error. En la pasta iban analgésicos para que te ayudasen a sobreponerte al dolor, pero parece que te costó confiar en nuestra buena voluntad y lo comprendo. Pero, Albos, la verdad es que no tienes muchas opciones, o confías en nosotros, o malvives hasta que tus compañeros, que según tú no lo harán nunca, vengan a rescatarte. La elección es tuya.

Sus miradas se cruzan.

- ¿Qué me ofreces? - pregunta Albos.

- Una libertad... condicionada. Serías libre de caminar por nuestra ciudad, de relacionarte con quien quieras, de comer lo que nosotros comemos y vivir como nosotros vivimos, y a cambio te comprometes a no conjurar y a no abandonar la ciudad, a defender nuestros intereses si te lo pedimos.

- ¿Me ofreces un cambio de bando? - Albos sonríe - he confesado contra mi Emperador tan pronto me lo preguntásteis, soy el asesino de magos más conocido y temido dentro del Imperio, me he granjeado la enemistad de gran número de cargos en sus filas... ¿y me ofrecéis unirme a vosotros? ¿Dónde se supone que está el truco?

- No eres bueno negociando, ¿verdad?

- No me fío de los tratos en los que todo se pinta de forma que salgo ganando... cuando uno gana, es porque otro pierde. Y no creo que tú quieras hacer concesiones porque sí, y mucho menos, a mí. No creo que el matar reyes sea uno de los pilares de vuestra extraña sociedad.

- Eres un buen mago, Albos, un muy buen mago y te prefiero en mis filas, que entre las de quienes intenten abatirlas. Es tan simple como eso.

- Recuperaría mis manos, supongo...

- Por supuesto.

- Las condiciones...

- Ser uno de los nuestros. Tan pronto ataques a uno de los nuestros, tan pronto decidas irte, las manos que te daremos se pudrirán infectando el tejido real de tus brazos. Y muy posiblemente tengan que amputarte desde el hombro. Ese es el trato.

- Ahora que enseñas el otro lado de la moneda, me parece un trato más fiable.

- ¿Trato hecho?

Albos toma aire.

- Sí, trato hecho.