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martes, 25 de marzo de 2008

Albos 2, pt.7

El gran edificio de mármol, blanco y brillante, se recorta contra el cielo, anunciando el fin del viaje; ansiado fin para Nërud. El ave gira velozmente hacia unas casas situadas en la zona más próxima al castillo. A vista de pájaro, la ciudad está perfectamente organizada en capas concéntricas que se colocan alrededor de la plaza central, donde se cruzan las calzadas y se levanta el capitolio.

Se adentra por una ventana y se posa en el suelo. Está en su casa, en su amada casa. El polvo ha empezado a acumularse en las estanterías y el suelo, dando un aspecto deslustrado a la, por otra parte, ordenada formación; donde cada elemento tiene su lugar propio, característico, amoldado.

Se destransformó en su cuarto, cuidado de miradas ajenas y se vistió elegantemente. Abandonó la casa con normalidad, cerró la puerta y se dirigió hacia el capitolio.

Unos guardias lo saludan en la puerta. Nërud devuelve el saludo con una sonrisa, disimulando su nerviosismo. Recorre pasillos cuyas paredes ha visto decenas de veces y llega a los portones custodiados tras los que se encuentra el Emperador. Saluda a los soldades.

- He de ver al Emperador, es urgente.

- Anunciaré su llegada, señor Nërud.

Uno de los guardias abre la puerta y entra en la sala, el otro contempla al mago en todo momento, con fría profesionalidad. Pasados unos instantes, el primer guardia abre la puerta e invita a Nërud a pasar con un gesto, este sonríe a ambos hombres y se adentra en la sala del Emperador.

- Salud, mi señor.

- Saludos, mi leal mago. ¿Qué nuevas trae? ¿Y Albos?

- Albos... lo he dejado atrás, señor... era él, o los dos.

- Hiciste bien, Nërud, hiciste bien. - acepto el Emperador con voz cansada. Después, preguntó con la voz más viva - ¿Conseguisteis el objetivo? ¿Asesinasteis a Nyrill?

- Muerto - arriesgó Nërud con decisión -, a manos de Albos. Una enorme criatura de fuego devoró todo a su paso y obedeció sus órdenes hasta que una flecha en el hombro le hizo perder la concentración.

- Al menos, el viejo asesino de magos ha hecho bien su trabajo - sonrió el Emperador con tranquilidad.

- ¿Va a... dar una orden de rescate?

- No - niega el Emperador -, eso no entró entre los términos que se molestó en concretar, pero tranquilo, Nërud, si Albos aún sigue vivo, tiene más posibilidades de salir vivo él solito que de ser rescatado y traido a territorio seguro.

Nërud contempla con seriedad al Emperador. Asiente, al fin y al cabo, es lo que buscaba:

- Sí, mi señor.

- Habéis hecho un buen trabajo, tal y como se os había pedido, Nyrill muerto y Albos fuera de mi territorio. Los honores que os debe el reino son desmesurados, vuestra familia os está esperando.

Nërud mira, durante un instante, con odio al Emperador. En actitud más neutra, enuncia:

Gracias, mi señor.

El mago se da la vuelta y abandona la sala. Deja atrás el capitolio con rapidez. En la entrada desde la plaza, tres pares de ojos lo miran: unos pertenecen a una joven, de unos 5 años menos de los que aparenta Nërud; los segundos, al bebé que sostiene en brazos; los terceros a un hombre que, armado, contempla la llegada de Nërud.

Nërud abraza a la mujer y al bebé y mira al guardia con asco. Sin girar la vista, echan a caminar, dejando al hombre y el capitolio atrás. Nërud, más tranquilo, no puede evitar seguir pensando que dejar atrás a Albos nunca fue completamente necesario.