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jueves, 20 de marzo de 2008

Albos 2, pt.6

Nërud se despierta. En algún momento, durante la noche, se le cayó el cuchillo, pero no ha habido problemas. Observa a los cadáveres y sus ropas, finalmente se vuelve a transformar en ave, escogiendo en esta ocasión un ave migratoria; el viaje, hoy, será largo. Pronto asoman las plumas por su piel, mientras su tamaño corporal se reduce. Su rostro se contrae, la nariz y la boca se aproximan y se fusionan, se alargan y endurecen. Sus orejas se retraen extendiéndose como una masa blanda y la piel de sus costados se expande hasta contactar con sus brazos en deformación.

Transformado en un combatiente contempla la sala con sus pequeños ojos. Picotea un poco de los cuerpos que están en el suelo, no es la dieta habitual del animal, siente dificultades; es uno de los problemas de los metamorfos. "Otros magos lo tienen más fácil: entender la esencia del fuego no es "fácil", pero siempre es la misma" - piensa -. "Un metamorfo tiene que saber en qué quiere transformarse, tiene que saber cómo es; coger un animal y abrirlo, examinar los músculos, los huesos, examinar los órganos y tener una visualización clara de cómo funciona; o bien imaginar un diseño completamente funcional y viable, la posibilidad siempre existió, pero nunca se hizo de uso común debido a su enorme dificultad. Y como mentalista también hay grandes problemas: al compartir la mente con un animal, sus impulsos están presentes, y a menudo uno acaba haciendo cosas a petición del animal que ha ocupado, y estas cosas pueden llegar a atormentar las noches del más rudo, o del más naturalista."

"La culpa es mía" - piensa mientras busca pequeños invertebrados por los alrededores de la casa - "nadie me obligó a dedicarme a esto".

Alimentado, alza el vuelo. El viaje es largo y se relaja mentalmente, contempla el mundo: desde la altura todo parece minúsculo. Deja atrás gentes, caminos y pueblos. Haber dejado atrás a Albos le sigue reconcomiendo, se siente culpable. Pensar que, de haberse quedado, los habrían matado a los dos le alivia, le da fuerzas para seguir volando. Y vuela.

Tras horas de vuelo, alternadas con pequeñas pausas para buscar gusanos y ciempiés, alcanza el territorio del Imperio. En el fondo de su pecho suspira con alivio, la pesadilla ha terminado o, al menos, ha tomado una pequeña pausa.

Gira hacia el este, hacia la capital. Ahora, ya cerca del Emperador se plantea qué va a decirle: "he huido y, realmente, no sé si Nyrill murió o no" no parece la mejor de las opciones.