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domingo, 16 de marzo de 2008

Albos 2, pt.5

- A... a... racar el castillo - dice Albos entrecortadamente.

- ¿Cómo? - pregunta el joven mientras enarca una ceja.

Albos toma aire.

- Pretendía atracar el castillo.

- ¿Venías tú solo?

- Pretendíamos...

- ¿Quién era el otro?

Albos lo mira un instante, vacila. El joven niega con la cabeza y esboza una pequeña sonrisa.

- ¿Qué parte no has entendido de la pregunta?

Albos lo mira y toma aire.

- No lo sé - el joven lo mira con odio - me fue dado como compañero por orden de emperador.

- No soporto que me mientan - comunica con tranquilidad.

- No sé por qué lo pensáis - dice Albos con seguridad.

- Laden, por favor, acércate y córtale una mano.

- ¿Perdón, mi señor? ¿Que le...?

- Ahora, Laden.

- Sí, señor...

Laden se acerca dubitativo y desenvaina una espada.

- Se llama Nërud - confiesa Albos asustado - es un... cambiante... y psíquico.

- ¿Por qué vino contigo?

- No podría haber hecho esto solo...

- ¿Cuánto tardarán en venir a por ti?

- No creo que vengan a por mí, mi relación con el Emperador no es demasiado buena...

El joven mira un instante detrás de Albos, al hombre que lo sujeta.

- ¿Qué opinas, Sael?

- Opino que este hombre ha dicho la verdad, mi señor.

- Espero que tengas razón, Sael - asiente -. Cortadle las manos, atendedle las heridas y mantenedlo en la región revestida de ori, ¿de acuerdo?


Albos pasea la mirada de uno a otro angustiado. Laden baja la vista y, entre avergonzado y apenado, mira su espada. El chico que le ha interrogado abandona la habitación. Sael obliga a Albos a levantarse y a acercarse a un gran tocón de madera. Albos forceja inútilmente contra los fuertes brazos del enorme combatiente que le sujeta. Empieza a pronunciar extraños términos mágicos, ninguno de los dos hombres que le acompañan intenta detenerle. Las palabras tocan a su fin, una pequeña luz se crea y rápidamente es negada y absorbida hacia las paredes, donde desaparece sin dejar ningún tipo de rastro.

- El señor Goldar rige ahora el imperio y órdenes son órdenes, Albos. Siento tener que hacer esto - dice Laden con voz queda.

Albos se gira hacia Sael y lo mira.

- Ambos lo sentimos - dice Sael con tranquilidad sosteniendo su mirada - pero sobrevivirás, sin manos pero sobrevivirás, y eso es mucho mejor que estar muerto.

- ¡Soy mis manos, soy un puto mago! - le grita Albos horrorizado.

- Tus manos podrían ser repuestas por un curador que supiese hacerlo, ¿alguna vez has oido de un curador que haya recuperado un alma de entre los muertos? - pregunta Sael.

Albos se agita frenéticamente. Laden se acerca con cuerdas y le ata las manos pese a los vanos intentos de forcejeo del asesino de magos.

Con las manos sobre el tocón, Albos cierra los ojos: escucha el rápido movimiento de la espada cortando el aire, escucha el sonido de sus muñecas cortadas, escucha el ruido seco cuando impacta contra el tocón. Siente el manar de la sangre a través de sus heridas abiertas, el calor en los muñones frescos, siente un cosquilleo en el pecho, y saborea involuntariamente el olor a hierro de la sangre fresca... de su sangre fresca.