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viernes, 14 de marzo de 2008

Albos 2, pt.4

Albos es despertado en mitad de la noche, unas manos le agitan, abre los ojos: Laden está a su lado. Pasea la mirada por la habitación, Sael está en la puerta de la habitación, inmerso en la oscuridad parece resplandecer levemente.

- Levántante - pide Laden.

Puesto en pie, los mira.

- ¿Qué sucede? - pregunta ligeramente confuso.

- El regente quiere hacerle unas preguntas - responde Sael con cortesía.

Albos asiente.

- Sígueme - dice Laden echando a andar.

Albos le sigue. Sael se pone a su espalda. Avanzan por los pasillos del castillo de Eirenar en silencio. El pequeño paseo se produce sin incidentes ni encuentros, salvo algún guardia nocturno que recorre determinados pasillos, o las parejas que cubren las escaleras.

- Vamos hacia abajo - comenta Albos en voz baja -, ¿será un interrogatorio?

El silencio que sigue a la pregunta es incómodo, duro, tenso. Albos toma aire.

Ya bajo el nivel del suelo, atraviesan una puerta gris, del mismo tono que las paredes de la estancia en la que entran, que brilla con apariencia metálica; Albos la mira y suspira, lo reconoce. Laden se gira un instante y lo mira con cierta incomodidad.

- Aquí es - informa.

La sala está casi vacía por completo, a excepción de una mesa inclinada con poleas delante y detrás, cuerdas tiradas por el suelo, dos sillas y un camastro, sobre el que un hombre menudo de aspecto arreglado y un vestuario claramente cuidado contempla a los recién llegados, iluminado levemente por una antorcha en una esquina.

- Gracias por traerlo - comenta con una pequeña sonrisa -, Albos, supongo que imaginas perfectamente para qué te hemos bajado aquí, ¿verdad?

- ¿Para sacarme mediante tortura lo que podríais sacar con cualquier mentalista? - comenta Albos con ironía.

El hombrecillo del camastro se ríe unos instantes.

- Vuestra inteligencia os mantiene bien informado - en su rostro se vislumbra una sonrisa cruel. El resto de los ocupantes de la sala permanecen en completo silencio -, pero veréis, y tomad esto como una pequeña muestra de confianza, ya que muy pocas personas en el reino, y, desde luego, más allá de este, conocen la noticia: habéis asesinado al gran mentalista del reino y anterior gobernante de la capital, haciendo honor a vuestro título y apodo - informa mientras se levanta de la cama y se dirige hacia ellos. Ahora, de cerca, Albos ve que se trata de un jovenzuelo imberbe con el pelo corto, arreglado, y el escudo de la ciudad en sus ropas.

- Y ahora, Albos, procedamos a las preguntas. Sael, por favor, agárrelo.

- Sí, mi señor - asiente Sael agarrando a Albos y forzándolo a tomar asiento en una de las sillas.

Albos mira al joven con odio.

- Has visto el material de la sala, estoy seguro de ello. Si alguno de nosotros es herido aquí, te pudrirás aquí dentro. ¿Queda claro, asesino de magos?

Albos baja la mirada. Un palo afilado se introduce bajo una de sus uñas. El mago albino se tensa, contiene la respiración y tiembla pasados unos instantes. La uña salta arrancada de su base con un movimiento seco. Laden evita mirar la tortura.

- ¿Quién te envió? - pregunta el joven.

- El emperador.

- ¿Veníais, pues, de Roma?

Albos asiente.

- ¿Vuestra misión era asesinar a Nyrill?

Albos vuelve a asentir.

- ¿Nada más? ¿Una única baja?

- Sí - dice Albos.

- ¿Por qué alguien tan individualista como tú aceptó una orden como esa? - deja una pausa - interpreto que tu silencio es la omisión de una respuesta que no quiero oír.

El palo vuelve a hundirse bajo una uña. Albos reprime un grito.