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jueves, 6 de marzo de 2008

Albos 2, pt.2

El dolor es atroz. Unas manos grandes, de dedos largos y gruesos reincorporan al mago albino.

- No te muevas - pide una voz con suavidad. Es una voz tranquila, cercana y grave, una voz de hombre.

Albos se deja manejar, sin fuerzas para oponer resistencia, y sin nada que indique que tal cosa resulte positiva. Intenta hablar, el barboteo de la sangre en la boca se lo impide.

- Mantén silencio, sólo complicas las cosas intentando hablar.

Albos mira al hombre que lo sujeta: es moreno, con el pelo muy corto, la piel clara, un poco oscurecida por el sol, barba de unos cuantos días y ojos de tintes verdosos. Es robusto, de aspecto rudo. Sus manos se mueven pausada y concienzudamente recorriendo la herida de Albos.

- Tranquilo, Reddie es un gran tirador, esta misma herida al otro lado de tu columna habría acabado con tu vida en unos cuantos segundos - sonríe, parece pacífico - Mira, esto te va a doler. Lo haría de otra forma, pero no me van a dejar usar drogas contigo y menos tras lo que has hecho, claro - el curador sonríe otra vez. Parece un hombre alegre y bondadoso.

Parte la flecha con las manos. Albos grita hasta que la sangre le hace atragantarse y la voz se le apaga. Tose, escupiendo sangre.

- Tranquilo, tranquilo - la voz es casi susurrante - lo peor ya ha pasado. Lo que queda ahora es un camino de rosas.

El hombre empieza a retirar la flecha. Albos tensa la cara y aprieta los dientes. Los segundos se le eternizan. Tras un silencio prolongado, exhala un suspiro tembloroso cuando el mástil de la flecha abandona finalmente su cuerpo.

- Tranquilo, tranquilo - repite la voz casi en el mismo tono - ¿acaso ha sido tan duro? No, ¿verdad? Ahora te llevaremos a una cama y allí continuaré con mi trabajo. Señor Sael, ¿puede llevarlo a uno de los dormitorios, por favor?

Cerca, en algún lugar de la habitación, una voz más grave y varonil responde:
- Desde luego, señor.

Un hombre rubio, con el pelo a media melena, se pone a la vista de albos. Tiene una barba densa, aunque no demasiado larga. Sus ojos son de un azul grisáceo y los rasgos de su cara son duros, cuadrados y toscos, no carentes de una gran belleza. Se agacha y tiende un brazo bajo las piernas de Albos mientras rodea su espalda con el otro. Lo levanta sin dificultades. Es un hombre corpulento, fuerte y trabajado, de músculos duros y entrenados. Abandona la sala seguido de la persona que ha atendido a Albos y cruza el pasillo esquivando los cuerpos calcinados que hay por el suelo.

- ¿Esta habitación le parece bien, señor Laden?

- Me valdrá como cualquier otra, Sael. Muchas gracias.

- Es un honor, señor.

El señor Laden abre la puerta y pasa rápidamente. Se hace a un lado para dejar pasar a Sael, quien entra tranquilamente y deposita a Albos sobre la cama, con cuidado.

- ¿Necesita algo más, señor?

- Sí, diga que quiero agua hirviendo, un tubo fino de oro y vendas.

Sael lo mira extrañado.

- Sí, mi señor - dice cuadrándose, tras lo que abandona la sala apresuradamente.

Ya a solas, el señor Laden se sienta en una silla, junto a la cama en la que está tirado Albos.

- ¿Has oido hablar alguna vez de drenaje pulmonar? - pregunta el señor Laden sonriente. Albos tiembla, está muy pálido y apenas controla un temblor continuo, los ojos están vidriosos y siente un frío atroz - supongo que no, pero no te preocupes, nuestra medicina os lleva años de ventaja. Te recuperarás, es mi trabajo.