Google+

viernes, 15 de febrero de 2008

Sueños...

Las paredes del palacio se elevaban fastuosas en una amplia gama de tonalidades: tonos rojizos, amarillentos y azulados que, combinados, decoraban los muros con todo el espectro de luz visible. Allí, en el centro de la sala, un hombre taciturno, envuelto en su capa, sentado en su trono, contemplaba todo desde el abismo de luz de sus ojos, donde un iris casi completamente negro observaba a los recién llegados con curiosidad.

- ¿Dónde se supone que estamos? - pregunto. Mi voz suena furiosa, escéptica, despectiva. No era mi intención.

- Donde quisisteis llegar - contesta el hombre que se sienta en el trono - no creo que sea un viaje que se pueda hacer involuntariamente.

- Creo que nunca planeamos llegar hasta aquí, nunca... había... habíamos oído hablar de este sitio - murmura mi compañero. Su voz suena temerosa, femenina. Lo miro: es una mujer. No la conozco. Me siento confuso.

- Eso no indica que no quisieseis llegar. Llamadlo intuición, si preferís.

- ¿Dónde estamos realmente? - pregunto intentando exagerar mi cortesía. La voz sigue sonando brusca, hosca. Aumenta mi confusión. Empiezo a odiar el sitio.

- Ya he respondido a esa pregunta - contesta de nuevo el hombre con toda la calma y amabilidad posible. Esboza una ligera sonrisa, parece irradir paz, tranquilidad. Me hastía, me repugna.

- Si... si no somos bien recibidos o... o si tenéis algo que hacer... podemos irnos - musita mi compañera tímidamente.

- No me molesta la compañía - informa levantándose y dirigiéndose a nosotros - ¿Os sentís molestos en mi presencia?

- Sí - respondo incapaz de decir otra cosa y sorprendiéndome a mí mismo.

- Puedes irte, Mortal - por alguna razón, sé que, de la forma que ha sonado, esa palabra lleva inicial mayúscula.

- Disculpe - musito. La voz, pese a lo bajo del tono suena violenta, cruel. Me enfurece no poder disimular la voz, que todo sea enunciado así. Quiero salir de ese sitio, quiero atacar al hombre que tengo delante y que parece el causante de todo.

- Puedes irte - repite con tranquilidad. Sus ojos se encuentran con los míos un segundo. Lo que veo es horrible, indescriptible. El aire se corta en mi garganta. Las palabras se ahogan, las ideas se mueren. Sin darle la espalda comienzo a caminar hacia atrás, alejándome de la sala. Llego hasta la puerta, abandono la sala con una reverencia, la mandíbula tensa, recia, apretada contra el maxilar. Abro la puerta, con cuidado, sin hacer ruido; abandono la estancia y cierro la puerta. Me doy la vuelta: es el mismo sitio. "Mierda" - pienso.

- Hoy no habéis tenido suerte - informa la voz con una sonrisa cruel - habéis caído en el lado oscuro de la moneda. No imagináis cuanto lo siento - se mueve con lentitud, sin embargo, un rápido movimiento de sus brazos arroja la túnica al suelo. Su ropa es negra, parece cuero, y está teñida de rojo oscuro, denso... sanguíneo. Atadas con cintas, pueden verse dagas en sus muslos. La vuelta de los brazos que le han despojado de la túnican extraen las dagas de sus cintas. Pasea la vista de mi compañera a mí varias veces.

- Tú serás el primero - dice con una sonrisa macabra. Sus colmillos parecen más grandes, afilados y peligrosos de lo normal... de lo "normal" en el ser humano medio. Sus ojos parecen inyectados en sangre. Su salto va más allá de la física, de la lógica. Está sobre mí.

Asustado y sudoroso me despierto. Otra vez el mismo sueño.