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viernes, 8 de febrero de 2008

Preludio de Tobías, página 1

A menudo juego a rol y me gusta detallas a los personajes a los que voy a encarnar. Esta es la primera página de uno de ellos, que no me duró mucho, diría que hay más texto que partida en sí. En fin, una lástima, el concepto me gustaba.


Mi pasado comienza como el de tantos otros niños de esta época: huérfano, producto de las batallas contra los árabes en el Sur, y abandonado por una madre incapacitada para cuidar a toda su prole. Así, yo, el menor de sus hijos, me vi ofrecido a cambio de unas cuantas piezas de plata a un viejo huraño en calidad de sirviente.

- Sírvele bien, hijo mío; quizá algún día puedas tener una vida mejor gracias a ese hombre.

Abracé a mi madre, sin cariño, sabiéndome vendido. Al separarnos clavé la vista en su cara, con odio. Bajó la cabeza ocultando las lágrimas. Me despedí secamente de mis hermanos y me dirigí afuera. Un caballo y el viejo me esperaban.

Marché en silencio siguiendo al viejo hacia Tui. El viejo, que resultó llamarse Román Ballesteros, me hablaba de la guerra contra los árabes, de la política religiosa de Don Diego Peláez y de, como ya entrado en años, comenzaba a necesitar la ayuda de brazos y piernas más jóvenes.

- Quizá – enuncié con asco – le hubiera venío mejor cualquiera de mis hermanos.

- Créeme, hijo mío, tienes algo de lo que ellos carecen.

- ¿Y qué es? Si pue’ saberse…

- Todo a su tiempo, mi fiel sirviente – dijo el viejo con una ligera sonrisa y en tono tranquilo.

Recuerdo haber pensado que era un maldito cretino.

- ¿Se pue’ saber a qué vamos a Tui?

- A hacer una visita a alguien importante, pequeño; vamos a visitar a un hombre de Dios, a un destacado hombre de Dios.

El resto del viaje sólo habló él. Recuerdo que comentó que lo más importante de un hombre, era cuánto deseaba que le saliesen las cosas… y creo que en aquel momento me había reído por lo bajo. Qué irónica puede ser la vida a veces.

Tui era una gran ciudad. Desde la lejanía se podía observar la enormidad del obispado recortado contra el cielo y de dos campanarios alzados también hacia los dominios del Señor. Seguí a mi señor mientras contemplaba impresionado aquellas majestuosas construcciones. Román saludó amigablemente a unos guardias y siguió su camino por las calles de la ciudad. Cerca del obispado se separó del camino y se introdujo por calles más estrechas hasta llegar a una casa de aspecto modesto. Me invitó con un gesto a pasar primero y así lo hice. El interior de la casa era austero y desordenado, paredes desconchadas, ligeramente sucias, libros con tapas desvencijadas tirados por el suelo e inmensas cantidades de polvo cubriendo el escenario. Lo miré con sorpresa, un hombre de su talante, presencia y poder adquisitivo no podía habitar aquel estercolero.

- Bienvenido a tu nuevo hogar, chico.