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domingo, 3 de febrero de 2008

Albos

Un hombre de aspecto estirado y cabello blanco asoma tras la puerta y contempla las brillantes armaduras y afiladas espadas de aquellos que han llamado a su puerta. Frunce ligeramente el entrecejo mientras sus ojos, brillantes y vivaces, recorren uno por uno a las cinco personas que tiene enfrente.

- ¿Qué queréis? - pregunta en tono arisco.

Uno de los hombres armados da un paso al frente, representando a los suyos:

- Venimos a buscarle por orden directa del Emperador.

El hombre de cabello blanco suspira, aquello no entra a formar parte de sus planes.

- Claro, ¿les importa que entre a coger unas cosas?

El soldado vacila, y tras algo menos de un segundo responde:

- No, entre, pero nada de armas ni de objetos mágicos.

- Es difícil pedirle tal cosa a un mago - sonríe el hombre con gesto divertido y cruel.

- Salga pues tal y como está - responde el soldado de inmediato.

"Perdido por tu orgullo" piensa el hombre.

- ¿Qué quiere de mí el Emperador?

- No tenemos esa clase de información, señor. Sólo que lo requiere y que debíamos encontrarle.

El hombre asiente, si el Emperador lo requiere, caben dos opciones: o bien lo requiere muerto, o bien algo amenaza la estabilidad política del imperio y se necesita algún ardid mágico.

- No nos entretengamos pues - dice en tono indiferente mientras intenta disimular el movimiento de sus manos.

- Nada de magia - dice el soldado colocando la punta de su espada en la nuca del mago - deje los juegos para la presencia del emperador si lo desea, pero no permitiré que arriesgue a mis hombres.

- Un hombre noble y responsable - sonríe el Mago mientras se gira y muestra las palmas de las manos que han dejado de moverse - un ejemplo a seguir en el ejército, supongo.

- No soy militar - responde el espadachín tras unos instantes de vacilación - el Emperador no arriesgaría a sus hombres para que le buscasen. Tiene usted muy mala fama, señor Albos.

- Ya sabe como son estas cosas, caballero... haces un par de bolas de fuego y la gente empieza a exagerar la historia - musita el Mago mientras tiende su mano a su interlocutor - ¿y por qué nombre he de tratarle, ya que usted conoce el mío?

El hombre ignora la mano tendida de Albos.

- Me llamo Seda y sé lo suficiente como para no daros la mano tan alegremente.

- ¡Oh! - exclama Albos con verdadera sorpresa - ¿de verdad tengo tan mala reputación?

El grupo armado prosigue en silencio. Seda mira a Albos con una mezcla de gracia y respeto.