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viernes, 29 de febrero de 2008

Albos pt.X

Nërud viaja en completo silencio, concentrado en mantener su mente y la de Albos protegidas de forma sutil.

Albos habla, con su acento meridional.

- La frontera sufre una situación agitada - señor Nyrill.

- Mis informadores no me han dicho nada - contesta Nyril escépticamente.

- Supongo que se han visto sumidos en la refriega, mi señor - contesta Albos rápidamente.

"Cuando rompa la protección mental, diré ahora. En ese momento, calcínalo, no tendremos más que unos segundos. Sigue leyéndonos" - suena una voz neutra en su mente. Albos asiente ligeramente, con disimulo, como si estuviese confirmando y enfatizando sus propias palabras.

- Ahá - acepta Nyrill - ¿y ustedes han salido pacíficamente de allí, al contrario que mis informadores que tenían otras órdenes? ¿Eso insinúan?

- Buscábamos materiales para uno de nuestros rituales.

- ¿Para qué ritual? ¿Para el de protección mental? - inquiere Nyrill con una sonrisa irónica en sus labios. Ya de forma más seria, pregunta: - ¿o para lo que sea que os envuelve?

"Ahora" resuena la voz neutra.

Albos dirige sus manos hacia Nyrill y comienza a conjurar: sus manos se mueven más rápido de lo normal, aparentemente concentrado, sus ojos observan la escena y expresan duda, recelo, miedo. "Todo a una carta" piensa según termina el conjuro.

Las llamas se forman voraces, irreales, en sus manos, con una tonalidad anaranjada y vivaz, que brillan portadoras durante un fugaz instante, cuando, a toda velocidad, las llamas cruzan los escasos dos metros que las separan de Nyrill.

Nyrill, con mirada sorprendida, hace un rápido gesto a su alrededor. Las paredes laterales brillan un instante, y finas láminas translúcidas salen de cada una de ellas y cruzan la estancia de lado a lado intentando encontrarse con su homóloga.

Parte del haz de llamas cruza el hueco, que corta la llamarada por la mitad. La parte posterior de la llamarada se expande velozmente por toda la lámina protectora y se disipa casi al instante. Albos se echa hacia atrás. Maldice. Mira a Nërud, que cierra la puerta de la sala a la que acaban de acceder. Pasos acelerados se escuchan resonando en escaleras y pasillos. Gritos y llamadas se acercan.

Nyrill se revuelve frenéticamente envuelto en llamas, prendiendo la mullida alfombra. Las llamas mágicas se contagian rápidamente a muebles y cortinas. Se escuchan golpes en la puerta.

- No aguantará mucho - dice Nërud - tenemos que irnos.

- No sé si está muerto - dice Albos - la llamarada no le alcanzó entera.

- La puerta no aguantará mucho, joder.

- Que abran - sonríe Albos mientras comienza a conjurar de nuevo.

- Maldito psicópata, ¿sabes cuánta gente entra en este castillo? ¿Sabes cuántos soldados, magos...¡ héroes! puede haber ahora mismo en los pasillos colindantes? - Nërud está preocupado. El hechizo que está dirigiendo Albos es lo más complejo que ha visto nunca en círculos de fuego - conjura, nos transformamos y nos vamos. No puedo hacer más.

Albos asiente en completo silencio.

La puerta se abre.

Gritos ahogados tras la imagen oscurecida de un humanoide ígneo.

Nërud contempla la escena sorprendido.

- ¿Cómo...?

- Es una larga historia, vámonos.

El ser ígneo carga por el pasillo, hiriendo con quemaduras graves a todos los que se encuentran en el mismo, y se pierde de vista. Los gritos se extienden ahora por algún pasillo colindante. Ruido de metales, y las pequeñas alteraciones de la claridad y la oscuridad, producto de la conjuración masificada.

Una flecha surca la estancia y se clava en el hombro de Albos. En la puerta, el arquero apresta otra flecha. Nërud conjura tan velozmente como es posible. Transformado en una pequeña ave, utiliza a Albos como cobertura contra el arquero. Él, dándose cuenta, se agacha y coge al pájaro entre las manos. Todavía de espaldas al arquero se gira hacia la ventana.

- Si lo haces, te mataré - gruñe el arquero.

Albos suelta a la pequeña ave, quea abandona el lugar por el hueco. El mago levanta las manos, mostrándolas inmóviles y se da la vuelta lentamente. Mira al tirador: es un hombre moreno, alto, de ojos marrones, bien abiertos; los músculos tensados de los brazos se muestran fibrosos y controlados. La flecha apunta a su pecho.

- No represento mayor peligro en este momento... - dice Albos.

La flecha cruza el espacio que la separaba de su pecho. La punta asoma a escasos centímetros de su columna. Ahogándose en su propia sangre, Albos cae al suelo. La sangre empieza a manchar la alfombra.