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domingo, 24 de febrero de 2008

Albos pt.VIII

Caminan tranquilamente buscando un callejón apartado, perdido de la vista de la gente, para adoptar formas menos llamativas que las usadas para entrar en la ciudad.

- No sé de cuánto tiempo dispondremos - dice Nërud con voz dubitativa - es posible que las personas cuyos aspectos ocupamos vuelvan mañana... o incluso esta noche. Si hay un cierto control mágico en la ciudad, seguro que han tomado nota de nuestra entrada y de quien se supone que somos.

- Deberemos abandonar la ciudad antes de que lleguen entonces.

Nërud asiente, sus manos se pasean por la cara de Albos remodelándola: ahora mismo podría pasar por un norteño de cabello rubio y facciones angulosas.

- El problema, Albos, es que eso implicaría actuar ahora mismo, y no creo que aguante mucho más de pie: hoy ha sido un día agotador.

Nërud vuelve a conjurar y lleva las manos hacia su propia cara. El resultado es indiscutiblemente bueno; es un mago capaz, pero su aspecto es el de una persona abatida, exhausta.

- Descansaremos esta noche - dice Albos -, lo necesitas. Mañana, a primera hora, entraremos en el castillo y cumpliremos el encargo.

- Mañana podemos tener más difícil huir... - niega Nërud apesadumbrado.

- ¿Y tú te quejas? - pregunta Albos - tú que puedes transformarte en pájaro y huir volando. Imagínate yo, que tengo que empezar a prender fuego a todo cuando intente impedírmelo, ¿cómo debería de estar?

Nërud sonríe. Finalmente, todavía con una sonrisa, comenta:

- Supongo que muy asustado.

- Tu optimismo me alegra el día.


Pasean por pequeñas callejuelas, en espera de que alguien pase solo. Cuando por fin, tras casi una hora, una persona se adentra en solitario por la maraña de callejuelas, lo rodean entre ambos. El hombre se da cuenta de lo que está sucediendo y, tras comprobar que tiene la retirada bloqueada, encara a Albos.

- ¿Qué queréis? - pregunta intentando que su voz no muestre su miedo.

- Danos todo el dinero que lleves encima - pide Albos tranquilamente.

- ¿O si no, qué? - pregunta el hombre. Acto y seguido se dobla sobre si mismo y cae de rodillas al suelo mientras se sujeta el vientre. Gimotea.

- O si no, iré reventando poco a poco el contenido de tu abdomen - dice Nërud indiferentemente.

El hombre los mira con ojos desencajados, echa mano a uno de sus bolsillos y arroja al suelo una pequeña bolsa de cuero cerrada, que mitiga el tintineo de las monedas que han chocado contra el suelo.

- Verás - dice Nërud - necesitamos de tu silencio, así que te voy a proponer un trato sencillo: pasarás la noche con nosotros. Si mañana todo sigue en orden, te irás sano y salvo, curado; si intentas algo extraño, será lo último que intentes nunca. ¿Nos entendemos?


Guiados por el hombre llegan a una posada situada en el barrio de los mercaderes, donde el olor de los talleres y las curtidurías augura unos precios bajos.

El posadero cobra las cinco piezas de plata que pide por la estancia de los tres esa noche y se despide. Ellos suben a su habitación.

Una vez dentro, Nërud mira al hombre: está sentado sobre una de las camas y los mira con profundo terror.

- Tranquilo, no te va a pasar nada - le dice intentando calmarlo - mira, no se puede saber nada de nosotros, y si eso sigue así; no habrá pasado nada en absoluto, salvo la pérdida de cinco monedas de plata. De verdad, ojalá esto sea lo peor que te pasa nunca.

El hombre baja la vista y evita encontrarse con la mirada de sus dos captores. Nërud se levanta y rebusca algo en su mochila: saca una taza y unas hojas. Llena la taza de agua y echa parte de las hojas, remueve todo durante un rato y se acerca a Albos.

- ¿Puedes hervir esto?

Albos toma la taza entre sus manos y entona unas palabras plagadas de chasquidos. Al momento, el agua bulle.

- Bébete eso - le dice Nërud al hombre que han capturado - te ayudará a dormir.

El hombre los mira con desconfianza:

- ¿Qué es eso?

- Un somnífero. No te pasará nada.

El hombre parece dudar un momento. Albos lo mira con crueldad.

- No me obligues a hacer con tu cara lo que he hecho con la taza. Bébelo.

El hombre bebe la infusión. Pasada una media hora los párpados se le empiezan a cerrar, el mundo se le difumina, y pasa a un estado más cercano a la inconsciencia que al sueño.


Amanece. Albos se incopora y contempla a los otros dos, todavía arrebujados entre las sábanas y las mantas. Se viste. Hoy es el gran día.