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viernes, 22 de febrero de 2008

Albos pt.VII

Remontan el camino hacia el norte durante días. Llegados al último pueblo del imperio, el camino adoquinado se detiene: es la entrada en tierra de nadie. Avanzan con precaución y tranquilidad, no hay necesidad de correr, un paso en falso en territorio enemigo, podría ser el último.

Pronto dejan atrás el abandonado terreno fronterizo, no ocupado por acuerdo tácito.

- ¿Cómo entraremos en la ciudad? - pregunta Albos.

- Esperaremos extramuros a que algún mago salga con un esclavo - sugiere Nërud - los materemos y adoptaremos sus formas.

- ¿Crees que los guardias podrán ver si estamos transformados?

- Dudo que puedan concretar tanto los efectos, y si pueden... lo tendremos realmente complicado para entrar. Pero es muy posible que puedan detectar la presencia de magia, en cuyo caso prefiero haber ocupado el cuerpo de un mago local, y decir que es cualquier efecto concreto: protección, sentidos agudizados... en fin, cualquier cosa. Cuando hayamos salido de la ciudad, abandonaremos la región tan velozmente como sea posible.

Las temperaturas se enfrían según se dirigen al norte. La vegetación se vuelve perenne y aciculada. La fauna cambia, atrás quedan los temibles simios armados; aquí todo parece más tranquilo. Los pueblos se suceden en su larga caminata. Las construcciones son más bajas y toscas, las gentes más altas y robustas; el trato es cálido con el que se parece a ellos, y, dentro de lo que cabe, respetuoso con su esclavo.

- ¿Es cómo esperabas? - pregunta Albos por lo bajo. Nërud enarca una ceja, dubitativo - ya sabes: el ambiente, la gente...

- Sí - asiente - supuse que la creencia de que eran poco más que bestias sedientas de sangre no era más que una pintura dispuesta a avivar el odio entre los combatientes.

- ¿Y qué sentido tiene? No parecen tan distintos, incluso podríamos ser aliados...

- Se supone que nuestro Emperador vela por libertades para todos; su sistema es totalmente opuesto, las leyes están muy limitadas, quien las viola muere. No hay juicios, no hay procesos lógicos.

- Un mentalista podría ahorrar todos esos trámites también en el Imperio.

- Entonces se violaría el derecho a la intimidad - niega Nërud - un mentalista que se dedique a indagar las cabezas de sus compatriotas nunca estará bien visto.

- Supongo que ambos sistemas tienen sus errores.

- Puede... también puede que nuestro deseo de libertades sea un error. Esta gente funciona: si hay que pelear, se pelea; pero si no hay que hacerlo, y como la vida les va en ello, no lo hacen. Son... enfoques, supongo.

- No renunciaría a mi libertad por esa seguridad.

- Albos, por Júpiter, hay cientos de personas que si te cogen en el Imperio, te amputarían las manos y luego te torturarían durante meses hasta que no fueses más que una masa informe y ensangrentada, y sabes perfectamente la razón: has obrado mal, has violado leyes; pero eres un tipo listo que ha conseguido que nunca existiesen pruebas concluyentes, y eres lo suficientemente poderoso como para que no se lancen sobre ti a las primeras de cambio. Tu libertad es muy relativa, porque se solapa con otras libertades. Ten cuidado - Nërud mira a Albos a los ojos - tan pronto haya alguien en condiciones de asesinarte, lo intentará. No te quepa duda.

- Intentar no es conseguir - murmura Albos entre dientes, desafiante.

Nërud suspira:

- Ten cuidado, simplemente.



Se suceden los días de viaje hasta que, en lo alto de una loma, se vislumbran los altos y gruesos muros de Eirenar. Dos docenas de torres se vislumbran de este camino, y cientos de figuras armadas con ballestas recorren las murallas monótonamente.

- Enorme fortín - reconoce Albos.

- No tiene nada que envidiar a nuestra capital.

- Pero es un territorio mucho menor, con menos población.

- Se dedican a eso, amigo mío; viven para la guerra.

- Halagüeñas noticias...

- Si me disculpas, me acercaré a la puerta. Espera en esa arboleda. No sé cuanto tardaré, pero no podemos hacer mucho más.

Nërud se mete entre los árboles, con Albos, y se empieza a quitar las ropas. Deja la ropa en el suelo y, sobre ella, distintos anillos y amuletos. Desnudo como está, proclama:

- Cuídalo, quiero verlo en perfectas condiciones cuando vuelva.

Albos asiente. Nërud comienza a disminuir su tamaño y cubrirse de plumas. Pronto se ha convertido en un ave rapaz y alza el vuelo. Se dirige hacia las puertas que han visto a lo lejos, y contempla todo desde la seguridad de la arboleda. Sobre una rama, sin llamar la atención, observa estático, durante horas, el tránsito de gente a través de la puerta hasta que una pareja, digna de ser objetivo, abandona la ciudad. "Es nuestro día de suerte" - piensa Nërud - "se dirigen a nuestra arboleda". Velozmente deshace el camino: Albos, con su apariencia de esclavo del sur, está sentado contra un árbol jugueteando con los anillos de Nërud. El pájaro se posa. Albos lo mira, aunque aparta la vista en medio de la transformación, con gesto asqueado.

- Sí, dicen que es repugnante. La verdad es que nunca he visto una transformación completa en persona - dice Nërud entre risas.

- ¿Y bien? - ataja su compañero.

- Un mago y un esclavo mejorado mágicamente se dirigen hacia aquí. Es perfecto. No tenemos más que hablar con ellos, observarlos bien, y transformados en sus imágenes atravesar la puerta. Cuando ellos vuelvan, estaremos dentro y tendremos otros cuerpos.

Albos asiente.

El encuentro dura poco. Casualidad fingida, amabilidad fingida. Unos minutos después, cada pareja sigue su camino. Unos segundos después, ambas parejas son las mismas imágenes.

- ¿Ya de vuelta? - los detiene un guardia en la puerta de la ciudad con gesto sorprendido.

- Buenos días, guardia - dice Nërud con jovialidad, con voz idéntica a la persona cuya imagen posee - mi esclavo, que es un inútil, se ha olvidado de comprar ciertos compuestos que le pedí.

- Bueno - el guardia sonríe - todos cometemos errores.

Cuando Albos y Nërud atraviesan la puerta, el guardia le da una palmada en el hombre a Albos.

- Y aún te quejarás, Hern, debes de ser el único esclavo del reino que es optimizado con tanta, tanta magia.

Albos sonríe ampliamente y asiente.

- Tiene un buen amo - concluye Nërud.

- Desde luego, mi señor.

- Buen día.

- Buen día - dice el guardia poniéndose firme.