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martes, 19 de febrero de 2008

Albos pt.VI

Albos y la figura de la túnica roja remontan un camino adoquinado dejando atrás la casa donde se han reunido con el Emperador.

- ¿Y por qué se supone que ha aceptado la misión? - pregunta Albos.

- Oh - sonríe el otro - por lo mismo que usted. De eso estoy seguro.

- ¿Por veinte kilómetros cuadrados de tierras y libertad absoluta en ellos?

- No - niega con calma el hombre de pelo negro - porque el objetivo es mago, un gran mago, y eso implica que tiene libros llenos de conjuros interesantes, y, seguramente, propiedades igual de interesantes andarán cerca. Incluso puede que tenga Creados...

- ¿Ha aceptado la misión para saquear el castillo de Eirenar?

- ¿Intenta decirme que no pensaba sacar nada a mayores?

Albos lo mira con seriedad. Suspira:

- Eirenar es un sitio peligroso. Las cosas no son como aquí, cuando algo parece que va a dar problemas... le cortan la cabeza. Ya se informarán después de lo acertado o no de su decisión.

- Sólo hay que impedir entonces que lleguen hasta nosotros mientras buscamos. Y seguro que sabes como hacerlo, señor Albos.

- Es increíble que luego sea yo el que tiene mala reputación...

- Oh - sonríe el hombre de la túnica roja - la mala reputación se gana repitiendo una y otra vez de cuán variadas formas podrías matar a toda la gente que está escuchándote. No es cosa de actitud real - su sonrisa se vuelve, en este punto, exagerada. Pronto la deshace con gesto cínico - tan avispado para unas cosas, Albos, tan... ciego para otras.

- ¿ Por qué tú? - pregunta Albos con la mirada fija en la persona que lo acompaña. Su voz carece totalmente de simpatía. Su trato ha perdido toda muestra de distante respeto.

- No nos fue tan mal otras veces, ¿no?

- ¡Estuvimos a punto de morir! - grita Albos colérico.

- Bueno... es una forma de verlo. El caso es que seguimos vivos... y ellos muertos. Si tú estás así imagina cómo estarán ellos - dice el hombre con una sonrisa tranquila.

- Lo único que puedo deducir de eso último, es que me debes la vida, señor at Thaise.

- Tras casi haber perecido juntos, puedes llamarme Nërud. La muerte es un sentimiento tan unificador como el amor.

- Estás loco - resopla Albos.

- Estamos vivos - sonríe Nërud.

El camino se extiende durante días, durante semanas. La entrada a las tierras de Nyrill se hace en mitad de la noche, en pleno silencio. La respiración y los pasos se insonorizan ante los movimientos de manos de Albos. Avanzan durante algo más de media hora alejándose de la problemática zona fronteriza.

- Bueno... ya debería servir - dice Albos.

- No hables mucho por aquí - pide Nërud - tienes un acento horriblemente oriental y, además, algo que me dice que no tienes ni idea de eirense.

- ...

- Intepretaré tu silencio como una confirmación. En ese caso, déjame hablar a mí. Me llamo Darz, y tú serás mi esclavo del este... hm... espera - sus manos se empiezan a mover velozmente, de su boca salen sonidos que muy pocas personas en el mundo podrían interpretar como palabras. Siguiendo sus designios, cambian los rasgos de su cara, su cabello crece y clarea, sus ojos se hunden en una cara que parece volverse más tosca, sus músculos parecen mucho más voluminosos.

- Increíble - musita Albos - ¿cómo has progresado... tanto?

- Conociendo a la gente adecuada en el momento adecuado.

- ¿Magos poderosos a punto de morir?

- Sí, o magos poderosos atentos a otra cosa... todo vale. Es la guerra, Albos.

- Por Júpiter, y yo soy el odiado...