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domingo, 17 de febrero de 2008

Albos pt.V

- Buen día, señor Albos - dice el hombre de la túnica roja sin perder su sonrisa.

- Buen día - contesta Albos con voz queda, lo que parece aumentar la ironía presente en la sonrisa del recién aparecido - mi buen señor. Me alegro de contar con usted para la incursión.

- Será un honor compartir esfuerzo con tan prestigioso conjurador - dice el hombre de la túnica roja mientras se inclina en muy leve reverencia.

- No imaginan mi alegría al ver las buenas migas que parecen haber hecho - anuncia el Emperador - espero que tengan suerte.

- Espere, Emperador, no hemos discutido la recompensa por el trabajo. Creo que lo establecí como condición previa para aceptar o rechazar el encargo.

- Puede convertirse en alguien en el reino, ocupar una alta posición social.

- No me interesa la posición social. Soy alguien en el reino sin tener que soportar a mendigos y a palurdos, gracias. Preferiría que las tierras que circundan mi torre fuesen enteramente mías, sin que usted, ni nadie más en el reino tuviese responsabilidad alguna sobre ellas. ¿Le parece un trato justo, mi señor?

El Emperador contempla a Albos mientras parece evaluar la profundidad y repercusión de su pedido.

- ¿De qué franja de territorio estaríamos hablando?

- Querría que veinticinco kilómetros cuadrados fuesen míos.

- Es demasiado - niega tajantemente el Emperador - diez kilómetros cuadrados.

- Mi torre está lejos de cualquier lugar habitado del imperio, mi señor, creo que veinticinco kilómetros cuadrados no es una extensión tan exagerada...

- Veinte - concede el Emperador con gesto disgustado.

- Así sea - conviene Albos.

- Si vuestra vena de mercader ha tocado a su fin, creo que deberíamos descansar. El viaje será largo y, seguramente, agitado - informa con sonrisa sarcástica el otro hombre mientras se aparta mechones negros de la cara.

Albos lo contempla un momento, tras el que sonríe con cordialidad y asiente.

- Tiene razón, es indiscutible. Si nuestro señor nos disculpa, considero que sería buena idea disfrutar de una noche tranquila y reposada.

El Emperador se levanta y guía a sus dos acompañantes hasta el recibidor de la gran casa, donde están Seda y sus cuatro hombres, que se disponen en formación con la llegada del señor.

- En la planta de arriba - dice el Emperador - al final del pasillo, encontrarán sus habitaciones. Espero que todo sea de su agrado.

- Muchas gracias - Braam se inclina en respetuosa reverencia.

- Muchas gracias - Albos hace una ligera reverencia.