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domingo, 10 de febrero de 2008

Albos pt.III

La luz empieza a escasear cuando Seda toma un desvío del camino, introduciéndose entre la arboleda.

- Por aquí - comenta como mero formalismo.

Tras unos cien metros caminando entre los enormes árboles que circunvalaban el camino se divisa una casa de piedra, con enormes ventanas formadas por fragmentos de colores que forman complicados dibujos. Según se acercan a la casa, dos figuras negras, como perros de gran tamaño se interponen entre ellos y la casa.

- Hola, chicos - dice Seda acercándose a ellos con una sonrisa - tranquilos, tranquilos.

Los enormes perros negros se detienen y se sientan ante Seda, mendigando una caricia. Seda juguetea unos instantes con ellos y después sigue caminando. El grupo sigue a Seda, mientras los perros miran a Albos. Uno de ellos gruñe amenazadoramente.

- ¡Qué halagüeño! - comenta Albos - territorio neutral libre de protecciones, ¿no? Me alegro de no haber tenido que pisar entonces el territorio no-neutral y con protecciones. No te imaginas cuánto.

- Es necesario - explica Seda - el Emperador no puede estar sin protección alguna, sobre todo en un lugar tan apartado como este.

- Bueno, en cualquier caso, no creo que dentro de la casa tenga huargos. Su sistema de protección...

- Dentro de la casa, y mientras tú permanezcas en ella, estaremos nosotros. Y si osas hacer algo violento, desearás que fuesen los huargos los que estuvieran dentro.

Albos se ríe.

- Si oso hacer algo violento, Seda, desearéis vosotros que fuesen los huargos los que estuviesen dentro, puedo asegurártelo - dice Albos con una sonrisa cruel en los labios.

- Si planeas volver a tu casa, te aconsejo no esgrimir ese tono en presencia del Emperador.

- Quizá, entonces, no vuelva a casa ninguno de los presentes.

Seda mira a Albos con asco.

- ¿Por qué siempre usas ese tono tan violento?

- Porque te respeto lo suficiente como para ser sincero.

Seda traga saliva, incómodo. Enfrente de Albos, tal vez la persona con peor reputación del reino, de quien se dice que fue de los primeros nacidos, siente que sus armas y su armadura se quedan pequeñas. Y sólo tiene fe en que Albos se comporte, que no recurra a la magia en el escaso tiempo que queda antes de que pueda marchar en paz, y que él y sus hombres sobrevivan.

La puerta se abre, un hombre mayor con ropa de sirviente invita al pequeño grupo a entrar en la casa.

- Es un placer verle, Seda.

- Lo mismo digo, Lucien.

- El señor os espera en el gran salón.

- Gracias.

Seda, seguido del grupo recorre la estancia y se introduce por un pasillo, al final del cual se abre el gran salón, una sala de tamaño moderado, con lujosos muebles, cuadros y figuras, y sofás en torno a una mesa de madera redonda, en uno de los cuales, la regia figura desarmada del Emperador, contemplaba la llegada del grupo de Seda.

- Seda, podéis retiraros, quiero hablar con el señor Albos a solas.

Seda enarca las cejas con gesto sorprendido.

- Pero, mi señor...

- Sé lo que vas a decirme. Retiraos - interrumpe el Emperador.

Tras unos instantes de vacilación, Seda y sus hombres se inclinan en una reverencia y abandonan el gran salón por el mismo pasillo por el que han accedido.

- ¿Y bien?, mi señor - entona Albos con notable retintín.