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miércoles, 13 de febrero de 2008

Albos pt. IV

El emperador parece ignorar el tono despectivo de Albos.

- Necesito su ayuda, señor Albos.

- ¿Y en qué podría ayudar a las ingentes fuerzas del Imperio, mi señor? - dice rebajando un poco su tono descortés.

- Necesito a alguien que pueda manejarse bien a solas. O, a lo sumo, con una persona más.

- Trabajo solo. Siempre. No voy a arriesgar mi vida protegiendo a patanes.

- ¿Deduzco, pues, que acepta?

- Puede deducir, a lo sumo, mi señor; que he tenido a bien compartir con usted ese pequeño comentario. No aceptaré ni negaré el ofrecimiento sin conocer tanto el trabajo como la recompensa como, supongo, le parecerá lógico - Albos esboza una sonrisa cruel.

- Desde luego, mago. Necesito que entres en una ciudad... que llegue a su palacio y asesine al gobernante - enuncia el Emperador con suma calma.

Albos, incapaz de reprimir un gesto sorprendido, frunce el ceño.
- ¿Qué ciudad? - pregunta con desconfianza.

- Eirenar - proclama el Emperador.

- ¿Qué? - pregunta Albos con actitud de incomprensión - ¿queréis que me adentre solo en el reino de Nyrill?

- Ha sido usted quien ha afirmado que no trabaja acompañado.

- No pensé que sus ganas de deshacerse de mí fuesen tan destacables.

- ¿Aceptará, entonces, compañía?

Albos reprime un suspiro y asiente. Escucha unos pasos detrás y gira la cabeza. Un hombre ligeramente más bajo, de pelo oscuro y ojos azules lo mira con una sonrisa irónica desde la profundidad de la capucha de su túnica roja. "No, tú no" - piensa Albos mientras cierra los ojos y traga saliva.